17 Metro de Caracas
Mis años como contratista del metro de Caracas me dejaron grandes amistades y
especiales recuerdos.
Entre las amistades destaca sin comparación Lourdes Colmenares Maldonado, arquitecto
venezolana, madre de tres bellas mujeres.
Cuando la conoci ella era coordinadora de inspecciones de obra.
Fue ocupando cargos cada vez más importantes dentro del Metro, aunque nunca llegó a
ocupar un cargo a la altura de sus notables méritos y altísima responsabilidad y
compromiso.
Muchas obras durante cuya ejecución nos encontramos con graves inconvenientes
pudieron terminarse oportunamente gracias a la desinteresada ayuda que nos dio Lourdes
resolviendo los problemas que se suscitaban entre el contratista, la inspección y Metro.
Mi amistad con Lourdes se prolongó hasta el final de nuestros días.
Entre los mil maravillosos recuerdos que tengo de ella están las visitas a su casa en los días
de Navidad, cuando adornaba la sala con 16 ó 20 “nacimientos”, cada uno más bello,
delicado y precioso que el otro.
Ella es un ser extremadamente generoso y noble. Su amor por su patria la ha conducido a
que todavía hoy, después de más de 20 años de la maldita depravada dictadura de Chávez
y Maduro, Lourdes siga empeñada en la liberación de su patria, participando en todo tipo
de movimientos con este propósito.
Para mi fue un inmenso honor y un privilegio haber conocido a esta mujer maravillosa y
haber disfrutado de su amistad y compañía durante tantos años.
Antes de conocernos Lourdes abandonó su esposo un día cualquiera, llevándose sus tres
hijas entonces muy pequeñas.
Siempre fue una mujer de coraje, de grandes decisiones, de tomar los riesgos necesarios.
Una inmensa venezolana.
Como contraste, al lado de la muy admirable y encendida condición humana de Lourdes
Colmenares, tuve que tratar con una ingeniero venezolana tan espantosamente fea y
hedionda como mala gente, sujeto que llegó a ser Gerente Ejecutivo de Construcción del
Metro de Caracas, Susana Marcano.
Alta y delgada, vestida con ropas ajustadas que bien pudieron a haberme advertido del
peligro que sus gases entrañaban, el rostro de Susana, de piel oscura con callosidades y
huecos, estaba animado por una boca deforme y ojos donde los párpados apenas dejaban
ver sus pupilas.
Nunca entendí el origen de la determinación de Susana Marcano de causar los mayores
perjuicios posibles a nuestra empresa que era un contratista de Metro de Caracas con una
trayectoria de cumplimiento de contratos absolutamente impecable.
Durante una fiesta de Metro a la que fui invitado, cada vez que sentía la necesidad de
soltar uno de sus hediondísimos pedos Susana tuvo el detalle de acercarse a mí,
probablemente buscando que la concurrencia pensara que yo era el autor de tamaño
desaguisado. La hediondez de Susana es para mí tan inolvidable como su gratuita maldad
y su merecida espantosa fealdad.
Importante sitial en la historia del metro de Caracas cabe a Eloy Arbelaez, delgado,
siempre muy elegante y tranquilo dueño de sí mismo.
Eloy empezó a trabajar en contabilidad, llevando las cuentas por pagar a los contratistas.
Para cumplir con esta tarea hizo que le compraran un computador con la idea de llevar
por sí mismo las cuentas que el sistema central de informática de Metro no era capaz de
entregarle oportunamente.
Poco a poco fue tomando el control de más áreas de la administración de Metro hasta
llegar a ocupar el cargo de vicepresidente de administración, durante cuyo ejercicio el
admirable y querido Eloy Arbelaez falleció de cáncer.
Gran personaje en la primera administración del Metro de Caracas fue Fernando Andreo
de Abreu casado con una delgada platinada brillante mujer, ambos españoles.
Fernando era la imagen de la cortesía, del control de sí mismo, del estar siempre
cuidadamente bien vestido, de hacer las cosas con perfección, de expresarse
brillantemente. Permanecía en su oficina sentado en el escritorio durante larguísimas
horas despachando y dirigiendo desde ahí todas las obras de la primera etapa del metro
de Caracas. Era tan dueño de sí mismo que cuando algo lo sacaba absolutamente de
quicio lo único que hacía era dar unas pocas pataditas contra el piso.
Siempre sentado en el escritorio, siempre elegante y distinguido, mientras él se
desempeñaba como segundo en la dirección de la construcción del Metro de Caracas
aunque en realidad era quien llevaba todas las responsabilidades, su mujer se dedicaba a
desarrollar en Caracas grandes proyectos inmobiliarios de vivienda económica, de modo
que entre lo que ella produjo y lo que él probablemente pudo conseguir en ese cargo de
tantísima importancia donde se movían muchos cientos de millones de dólares anuales
ambos se fueron un día de Venezuela en una situación económica realmente envidiable.
Muchos años después tuve la oportunidad de visitarlos en Madrid donde vivían en el
barrio más elegante de la ciudad en una mansión que había sido la de Juan domingo Perón
cuando el dictador que condenó a Argentina a décadas de fracaso económico se escapó a
vivir a España.
Muchos años después Perón regresó Argentina en calidad de presidente casado con Estela
Martínez una bailarina de cabaret. A la muerte de Perón, gracias a la impresionante
particularidad del pueblo argentino, eligieron presidente a Estela Martínez quien designó
primer ministro y verdadero encargado de su gobierno a López Rega un psicópata
parasicólogo que entre otras cosas ordenó el asesinato de probablemente el más grande
folclorista e intérprete que ha tenido Argentina, Jorge Cafrune.
Cafrune fue asesinado por un oficial del ejército argentino quien después confesó su
crimen y las causas de este.
López-Rega terminó preso en los Estados Unidos.
Durante la gestión de Fernando Andreu en Metro de Caracas invité a él y su señora a pasar
un fin de semana en Aruba.
Yo iba con mi mujer de entonces, Lilianette.
Pasamos un excelente fin de semana como cabe imaginar.
Durante un desayuno, Fernando, extremadamente simpático y sociable, le preguntó a mi
mujer cuál era mi pecado capital. Ella rápidamente contestó la lujuria. Fernando le
preguntó a ella entonces, ¿cuál es el tuyo?. Lilianette, con una sinceridad que la honra
contestó, la pereza. Después yo pregunté a Fernando cuál es tu pecado capital y él para mi
asombro contestó la gula.
Le dije cómo puedes tú decir que tu pecado capital es la gula si yo te he visto trabajando
10 y aun 12 horas diarias sin comerte más que un miserable sandwich y si te he invitado a
almorzar y a cenar en los mejores restaurantes de Caracas y tú nunca lo aceptaste. Qué
clase de pecado capital es ese si no comes nunca.
Entonces su mujer contó que todos los domingo, en la mansión donde viven en Caracas,
mansión que en algunas oportunidades tuve la suerte de visitar y que contaba con unos
enormes y bellísimos jardines y grandes áreas de cesped, los mozos acopiaban numerosas
fuentes de maravillosos manjares y Fernando dedicaba todo el dia a disfrutar de las más
exquisitas comidas y bebidas.
En ese mismo viaje a Aruba dentro de nuestras amables conversaciones Fernando nos
preguntó a cada uno que quisiéramos ser algún día. Cuando le tocó el turno de hacer la
confidencia, dijo que lo único que deseaba es ser dueño de una isla donde vivan
aborígenes que crean que él es Dios.
Muchos años después tuve oportunidad de visitarlo en España en la ex mansión de Perón,
con ocasión de la publicación de mi libro sobre Genserico personaje histórico acerca del
cual la mayor parte de las personas saben poco o nada.
Cuando le comenté el motivo de mi visita dijo “Ah… Genserico…” y empezó hablarme del
rey vándalo con una erudición propia de un historiador. En resumen, en todos los terrenos
Fernando era un hombre extremadamente brillante con una conducta siempre apropiada
y perfecta. Una de las personas más cuidadamente acabadas que he conocido.
Nuestra empresa construyó para Metro el Edificio Central De Controles, los Patios y
Talleres de Las Adjuntas, la estación Las Adjuntas, la estación Los Cortijos, diversas obras
de reubicación de servicios públicos y todas las obras de Metrobus en la estación La Paz.
La ejecución de las obras en la estación La Paz fue tan exigente que pasé 39 días y noches
sin salir de la obra despachando desde ahí las tareas propias de esa obra y de las muchas
otras que desarrollaba nuestra empresa en todo el país.
Mientras construíamos esta obra en forma acelerada, con frecuencia aparecía en
helicóptero al ministro de obras públicas para enterarse de cómo iban las cosas.
Para no perder tiempo yo le pedía a uno de los capataces que atendiera al ministro.
El día de la inauguración de la obra el presidente Metro me hizo subir al escenario y en su
alocución destacó que “el milagro de haber podido inaugurar la obra en la fecha prevista
se debía al ingeniero Antonio García”.
Entonces el ministro descubrió que la persona que dirigía esa obra que era su gran
preocupación era precisamente ese sujeto que nunca quiso perder el tiempo
atendiéndolo.